¿Vida urbana o vida rural?
Abres los ojos al primer pitido de la alarma del móvil. Leche al microondas, bollería industrial. Cinco minutos de actualidad televisiva matinal. El teléfono en el bolsillo, el iPod colgando y el portátil en la mano (con el módem USB dentro), sin olvidar el sobre de comida de “5 minutos y listo”. Arrancas el coche para ir a la oficina, que está a cincuenta kilómetros. ¿Hay otra alternativa de vida?
La crisis de la urbanidad
Pensemos en las palabras “ciudad” y “rural”. La primera acostumbra a estar llena de connotaciones negativas: contaminación, ruido, tráfico, masificación, estrés, suciedad, impersonalización. Por otro lado, “rural” nos evoca pensamientos más limpios, por así decirlo: libertad, animales, naturaleza, tranquilidad, amabilidad, pureza. Paradójicamente, las ciudades atraen. Actualmente más del 50% de la población mundial vive en ciudades y la cifra tiende a aumentar. ¿Por qué? El principal motivo es el empleo, el gran causante del éxodo rural a partir de la segunda mitad del pasado siglo XX.
El actual sistema económico está planteado de forma que necesita muchas más personas en la ciudad que en el campo. Para una empresa suele ser más importante la productividad que la calidad, de ahí viene la extendida queja de que los tomates sólo saben a agua. El tiempo es nuestra moneda de cambio, lo que damos a cambio de un jornal (además del esfuerzo, y a veces, incluso independientemente del esfuerzo). Por eso es preferible usar fertilizantes y otros productos químicos que aumentan la productividad de los alimentos, aunque sea menguando su calidad.
Es posible volver al campo
Te despiertas. Desayunas. Enciendes el ordenador. Trabajas el tiempo necesario. Apagas el ordenador. Ya estás en casa. De hecho, no has salido en ningún momento de ella, pero ya has cumplido con tu jornada laboral. Sin perder el tiempo con transporte, sin derrochar energía. Sin volver tan cansado que sólo te apetece desplomarte en el sofá. Sales de casa por placer. No hay tráfico, no hay ruido. Como mucho, el griterío de unos niños jugando en la plaza. Las gallinas cacareando. Vecinos charlando o alguno discutiendo. Alguien trabajando la tierra. Ningún ruido artificial, a fin de cuentas.
La crisis económica ha sido un golpe que ha hecho tambalear los cimientos sobre los que se asienta el sistema actual. ¿Algo falla? Sí, gravemente. Se han destruido miles de empleos. Se ha roto el sueño de la gran vida en la ciudad. Entonces nos replanteamos nuestro modo de vida fallido: el consumismo agresivo, el coche para todo. ¿Es posible una vuelta al campo o ya es tarde?
Las nuevas tecnologías han diluido las fronteras. Aunque de la globalización deriven grandes males como las deudas
económicas de los países, también tiene algunas ventajas que debemos aprovechar. La tecnología permite a menudo trabajar sin necesidad de contar con un espacio físico.
Trabajar desde casa no significa sólo una mayor comodidad para el empleado, sino un gran ahorro ecológico para el planeta; ya no sería necesario todo el ritual del que hablábamos al principio. No cogeríamos el coche más que para hacer una excursión el domingo.
El teletrabajo permite vivir en el campo, evitar la muerte de muchos pueblos que están en peligro de extinción, ganar calidad de vida. Profesiones como el periodismo o la programación pueden desempeñarse en la distancia si son bien gestionados. Por supuesto, también tenemos la opción de dedicarnos al trabajo en el campo.
Ciudades sin coches
¿Podría ser posible una ciudad sin coches? Podría y debería. La contaminación de los coches no es un tópico obvio que circula por ahí y contra el que no podemos hacer nada. Ir andando o usar el transporte público siempre que podamos está al alcance de todos.
La Organización Mundial de la Salud publicó hace un tiempo que unos 80.000 adultos mayores de 35 años morían cada año en las ciudades europeas por problemas derivados de la contaminación de los coches particulares. La revista de la DGT publicaba hace unos años que la quema de gasolinas y gasóleos tenía graves efectos sobre la salud: daños a los tejidos pulmonares, favorecen la lluvia ácida (que formará parte de los alimentos de las tierras bañadas por sus aguas), son cancerígenos (el cáncer es una de las enfermedades que más han proliferado como consecuencia de la vida en las ciudades), contribuyen al efecto invernadero, generan problemas cardíacos y asfixia.
Modelo de vida inteligente
Pero dejar de usar el coche, ¿no sería una involución, rechazar uno de los grandes progresos de los últimos siglos? No. La tecnología no es progreso cuando se utiliza mal, no es positiva cuando se explota su capacidad autodestructiva. Es imprescindible que los avances tecnológicos próximos sean pensados en función a su utilidad ecológica. En un artículo reciente hablamos de las ciudades inteligentes. Además del transporte, en los próximos años adquirirá un papel fundamental la arquitectura ecológica y la domótica orientada a la eficiencia energética. 
Restaurantes prestigiosos se unen cada vez más a la conciencia ecológica. El ejemplo más reciente es elBulli de Ferran Adrià, que ha reconvertido su selecto restaurante en un espacio de investigación, exposición y divulgación. Y todo ello de forma sostenible, es decir, un conjunto con emisiones cero y con un gran ahorro de energía a partir del uso de fuentes renovables como la eólica, fotovoltaica o geotérmica. Una forma inteligente de unir arquitectura con ecología.
La tecnología no está reñida con la ecología. Todo lo contrario: bien usada, son grandes aliados.

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